21 de septiembre de 2010

Primavera

Recuerdo una época cuando los días de la primavera eran toda una revolución. Cuando se generaban discusiones en torno a eso, cuando uno lo esperaba con ansias. Recuerdo haberme rateado al día siguiente del colegio, sólo por la inmensa emoción que aun me embriagaba de uno de los mejores días del estudiante- aunque ahora al intentar evocar que día fue, se haga una gran nebulosa en mi mente y no logre descifrarlo-.

 
Debí imaginarme que este no iba a ser uno de esos años, la facultad, los novios, el trabajo, los compromisos, fueron arrebatando a cada uno de los usuales integrantes de estos días. En realidad la primera advertencia fue la falta de discusión. Como sí de una señal premeditoria se tratase, no hubo peleas, no hubo diversidad de opiniones, y por primera vez en tantos años todas estuvimos de acuerdo a la primera opción. Debí vislumbrar el significado de tan poco interés, debí darme cuenta que había un trasfondo.

 
Llegó el día y uno no puede evitar pensar, que los años estan haciendo mella en nuestra amistad, o por lo menos en algunas.

 
Pero bueno, siempre nos queda el consuelo de saber que la primavera llega para todos, que el amor se fortalece, que las flores florecen, y que a Galliano le sienta muy bien el sol de esta estación. O al menos ... Eso es lo que dicen. 


17 de septiembre de 2010

Paseando por el tiempo

Sí el objetivo de Marc Jacobs era diseñar una colección usable, fuerte en colores y rica en texturas. Sin duda lo ha logrado. Llamativa al extremo, muy de verano- bajo una sombrilla, a la orilla de una pileta, en noches calidas- y muy "ventana al pasado". Me es imposible no imaginar ciertas películas de épocas mediante los disparadores que resultan ser las imágenes. 

Me gustan los colores fuertes para la primavera, me gustan los colores cálidos para el verano, me gusta que la gente al pasar voltee a ver, me gusta la ropa que no deja a nadie indiferente. No por eso me gustan la gente que va de payasos por la vida, pero sí aquellos que muestran saber lo que hacen, reflejandolo en lo que se ponen.

3 de septiembre de 2010

Cantando bajo la lluvia


Tengo sentimientos bipolares respecto a la lluvia. Por un lado, y relacionado a una faceta más mundana, logra irritarme terriblemente. Hay que ir esquivando charcos, evitando paraguas o gente completamente empapada, el pelo termina siendo siempre un desastre. Sin hablar que sí te olvidaste el paragua, tenés grandes posibilidades de terminar un par de días en cama, gracias a ese simple descuido.
Me molesta la lluvia, porque creo fervientemente que saca lo peor de la gente, la altera. Como si por ir corriendo, o llevándose a la gente por delante fuesen a mojarse menos.  Como sí esos tres segundos que se ahorran hicieran la diferencia. Hasta los automovilistas parecen estar desesperados por llegar a sus objetivos, y se niegan a dejar pasar peatones, o no miran por donde pasan bañando totalmente a algún desafortunado. 
Pero cuando creo que mi día no puede empezar peor, recuerdo aquellas razones por las que me gusta la lluvia. Siempre me recuerda a él, al día que nos conocimos, al día que nos reencontramos, al día que nos abandonamos mutuamente –una de las mejores decisiones que tome – y una sonrisa nostálgica se me instala en la cara.
Instantáneamente recuerdo el tema de Frank Sinatra, y empiezo a tararearlo bajito como para darme buen ánimo. Recuerdo un piloto verde esmeralda que adquirí hace un par de temporadas y en los días nublados, logra hacer que todo brille un poquito más. Recuerdo que el final de Desayuno en Tiffanys es bajo la lluvia.
Y que en este tipo de días, todo puede parecer más especial, por el sólo hecho de tener un final de película.

1 de septiembre de 2010

Amores Fugaces



Generalmente el viaje de aproximadamente 50 minutos de la facultad a mi casa lo hago leyendo, algunos de los tantos apuntes que SIEMPRE tengo que leer. Ya se volvió tan rutinario, que he aprendido a hacerlo en cualquier circunstancia, eso incluye trenes, colectivos, horas pico, etc. Pero hoy, cansada mentalmente del teórico de 4 hs, me dispuse a mirar un punto fijo con cara perdida.

Tres estaciones antes de llegar, se desocupo un asiento y pude sentarme, para así seguir mirando la nada un poco más cerca de la ventana. Sin intención de que ese fuera un viaje aunque sea, mínimamente, fuera de lo común.  Pero no pudo ser.

Los amores a primera vista siempre me parecieron más poeticos que reales. Pero hay veces, hay ocasiones en la que nos toman desprevenidos y alguien nos deslumbra. Por falta de agallas, valentía o cara dures quedan ahí, no trascienden y pasan a quedar archivados como esos amores fugaces que duran unos 10 minutos de miradas encontradas, sonrisas cómplices y despedidas sin palabras.

Así fue, nos miramos y enseguida nos llamamos la atención. De alguna manera muy ridícula, recordé la canción de Jambes Blunt, “You’re beautiful”.

“She smiled at me on the subway.
She was with another man.”

Ridiculo, no? Pero fue así. Bajamos en la misma estación y cambio su recorrido a último instante, para colocarse detrás de mí, en la fila del molinete, descendimos las escaleras prácticamente a la par. Y antes de que el paso nivel nos separe en dos caminos distintos, nos miramos una última vez, para continuar con nuestras vidas.

Mitad por cobardía, mitad por sentido común ninguno se atrevió a decir nada. Quizás se trate de eso que decía  El Retrato de Dorian Gray que la segunda era la marca registrada de la primera. Quién sabe. Pero son cosas que pasan, son momentos muy particulares que nos hacen estallar de adrenalina y sentirnos un poco especial en un día más de nuestra rutina.

Jamás lo voy a volver, ni a él, ni a muchos otros que me han encandilado. Así es la vida, llena de momentos precisos que te llaman la atención fuera de lógica o razón. 

Como diría Sabina: “Amores eternos que duran, lo que dura un corto invierno”.

24 de agosto de 2010

Es pequeña obsesión

Habrá sido hace un año, llegué a la zapatería junto a mi amiga Sam con la idea bien clara de comprarme ese par de zapatos que ya había elegido en la vidriera un par de días atrás. Soy una mujer de caprichos, y ese era mi nueva obsesión. Además se acercaba mi cumpleaños y fiel a mi estilo, estaba obsesionada para que este fuera perfecto. No lo fue. El de este año, estuvo a punto.

Llegue los pedí y me los probé, el problema con los caprichos es que una vez que se tienen al alcance de la mano no parecen tan asombrosos. Ya lo decía Wilde que la diferencia entre un amor para toda la vida, y un capricho, es que este segundo dura un poco más. Tal vez porque las personas no pueden poseerse, a diferencia de los zapatos. Una vez puestos, no me fascinaron, a decir verdad me trasmitieron más bien poco, y luego de observarlos por unos minutos comenzaron a parecerme insulsos.

Los zapatos te encantan o no. Sino no vale la pena el precio que pagas.

En ese momento cuando ya estaba comenzando a frustrarme, mi compañera de compras me aconsejo que mirase otro par que el vendedor me estaba ofreciendo, y yo desganada, acepte. Supongo que ese día comprendí que sintió Cenicienta. Soy bastante gastadora en cuanto a zapatos se refiere, no han sido los más caros, ni lo más originales, ni nada que los hiciera especiales. Sólo tenían el merito de ser parte de mi último sueldo antes de renunciar al trabajo de aquella época. Pero sin embargo, son los zapatos que más feliz me han hecho, y el que no creía que tenía un perfil frívolo, ahora sí lo piensa.

Ha pasado más de un año de eso, y cada vez que veo la caja que los contiene mezclada entre muchas otras me saca una sonrisa; haciéndome recordar aquello que sentí la primera vez. Cada vez que los uso, me generan esa sensación de plenitud que pocas prendas han logrado generarme. Una campera de cuero, un vestido de satén, un trench rojo, son algunas de ellas, y que por eso tienen un lugar permanente en mi armario. Es por eso que durante mi cumpleaños de este año, volví a reelegirlos entre muchas opciones para ser usados.

Supongo q de eso se trata la vida, de encontrar aquello que te hace sentir especial.

10 de agosto de 2010

Despertares


Levantarse un día, después de muchos meses oscuros, repletos de errores e inseguridades, y sentirse tal cual eras antes es una sensación imposible de describir. Como si después de muchos días de tormenta, saliera el sol y te permitiera ver que después de todo eso, todo sigue igual. Los mismos árboles, el mismo sol, la misma persona. 
Y el rimel vuelve a estar en su lugar, y te olvidas de jugar a la novia destrozada y entierras todo aquello que llego a cambiarte, que llego a pisotearte. Porque ya no quieres más de esa autocompasión en tu vida, porque ya no necesitas que salga el sol, porque ahora con tu sólo brillo alcanza. Y sonríes, porque te tienes merecida esa recompensa.