Me gustan las mentiras. Todas ellas. Las blancas y las negras. Las de patas cortas, y las que pueden caminar tranquilamente a grandes zancadas. Las planeadas y las improvisadas. Las crónicas y las aisladas. Las que terminan siendo creídas por su autor y las que se olvidan no más pronunciadas.
Las mentiras con silencios que otorgan. Las mentiras con dedos cruzados. Con cargo o no de conciencia, con actuación o sin ella, con extremismos o sencillez.
Las mentiras con silencios que otorgan. Las mentiras con dedos cruzados. Con cargo o no de conciencia, con actuación o sin ella, con extremismos o sencillez.
Las mentiras de niños o ancianos, de experimentados y principiantes.
Las bien intencionas y las no tanto. Las que se descubren y las que permanecen vigentes por tiempo indefinido. Los te amo, los te extraño, los te necesito, los te odio que suenan a mentira. Las triviales y las importantes. Las de hoy y las de siempre. Las de para toda la vida.
Será porque son una parte esencial de la vida, aunque todos nos esforcemos en que no sea así.






















